sábado, 14 de noviembre de 2015

About... Maternity, by me



Hace 4 meses que soy madre. Por mucho que hayas leído, oído o visto, cuando lo vives en primera persona todo es muy distinto, tanto en lo bueno como en lo malo. Nunca he sido demasiado amante de los bebés ni los niños, es más, creo que los bebés siempre me han impuesto bastante respeto (¿o quizá debería decir, miedo?. Jamás había cambiado un pañal, ni mucho menos otros quehaceres en relación con niños.



Los meses del embarazo fueron los mejores de mi vida, sin ninguna duda. De baja por riesgo en mi trabajo desde muy prontito, disfruté a tope, haciendo lo que me daba la gana, e ilusionándome un poco más en cada visita al ginecólogo, en cada ecografía, viendo cómo crecía esa cosita dentro de mi. Me encontraba eufórica. Pensé que si había tenido un embarazo bueno, también sería igual de fantástico lo que venía después, porque siempre he pensado que un pensamiento positivo siempre trae detrás acciones positivas.


Hacia el séptimo mes empecé a descubrir el mundo de la ropa-accesorios-decoración infantil, que merece varios post aparte, y que me fascinó desde el principio. Empecé a comprar de todo como si al día siguiente se acabara el mundo, y cometí varios errores en mi afán por hacer que no faltara de nada en cuanto naciera el bebé, uno de ellos, hacerme con decenas de bodys de manga larga para un bebé que iba a nacer en julio (primer consejo, nunca hagas caso de lo que dice la gente. Los recién nacidos tienen el mismo calor que los demás). Todos los "por si acaso" me hicieron crear un repertorio  de ropa que ni yo en mis mejores tiempos conseguí juntar para mí.


Y al fin llegó la protagonista, un caluroso día de Julio, y después de hacerse bastante de rogar. Y todo cambió de la forma más bestial que podía imaginar. Desde el primer día (aunque cierto es que el subidón hormonal recién parida me hizo estar eufórica durante un par de días). Y como todo lo que sube baja, mis hormonas pasaron de rozar el cielo a estar bajo tierra, y dejarme con un bebé, una absoluta inexperiencia, y unos ánimos bajo cero. Esa conjunción, unida a la falta de descanso que vendría en los días siguientes, hizo que la llegada a casa, y los primeros días, se hicieran una montaña rusa. Descubrí lo desquiciante que puede llegar a ser oír a un bebé llorar, máxime si ese pequeño ser ha salido de ti. Saltaba como un resorte cada vez que la niña se arrancaba a llorar. Me parecía alucinante cómo una cosa tan pequeña podía llorar tanto, y aún más alucinante la capacidad de la gente que no te conoce de nada, ni a ti ni al bebé para descifrar aquel sonido en -tiene hambre-tiene sueño-tiene gases, y darte consejos sobre qué hacer. En el tema "consejos no pedidos pero igualmente dados" mejor ni entramos.


Las primeras semanas pasaron así, entre llantos, preguntas sin respuesta, cansancio acumulado y un humor de perros. De repente comencé a seguir de forma compulsiva en Instagram cientos de cuentas de madres perfectas con vidas perfectas y bebés perfectos con sus outfits perfectos en sus sábanas blancas perfectamente planchadas. En sus comentarios no había un atisbo de malestar, ni tristeza. No había ni rastro de señales de falta de sueño.



Y como quien no quiere la cosa hemos llegado a los 4 meses ya, con muchos sentimientos encontrados, muchas alegrías, y algunos sinsabores. Un proceso de adaptación que lo suyo ha costado. Ahora nos conocemos mejor, y parece que nos vamos entendiendo. He renunciado a muchas cosas a las que nunca pensé que renunciaría, no me ha quedado otra. He tenido que tragarme mis propias palabras en muchos aspectos de la maternidad que a priori critiqué a otras. La maternidad es "empezar de nuevo cada día". Comer a deshoras, dormir cuando se puede, descubrir, aprender, reir, llorar, encontrar sentimientos nuevos... Y enamorarte día a día de esa pequeña personita que ahora ocupa el 100% de tu tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario